El eje biográfico – el narrador protagonista

September 23, 2010

Aquí es importante no confundir al narrador, que algunas veces es Borges en primera persona, con el autor, Borges, así como Marcel narrador de la Recherche no es Marcel Proust, su autor. Como advierte Borges en Evaristo Carriego: ‘Todos, ahora, vemos a Evaristo Carriego en función del suburbio y propendemos a olvidar que Carriego es (como el guapo, la costurerita, y el gringo) un personaje de Carriego (…)’ (pg. 157, v. I). Como el lector ya deberá haber advertido, Evaristo Carriego es la primera de innúmeras metamorfosis literarias por las que el narrador Borges pasará a lo largo del libro: entre otras personalidades, asumirá las de Dante Alighieri, Paracelso y Alonso Quijano y Shakespeare, para citar sólo algunos ejemplos.

Para contar su vida, Borges se vale de una descripción intemporal y eterna: “Los hechos de su vida, con ser infinitos e incalculables, son de fácil aparente diccíon.(…) Enumerarlo, seguir el orden de sus días, me parece imposible; mejor buscar su eternidad, sus repeticiones. Sólo una descripción intemporal, morosa con amor, puede devolvérnoslo.” (pg. 115, v. I) Hay un fragmento fundamental para la perfecta comprensión de quien es ese narrador personaje del libro de Borges, muchas veces oculto detrás de las máscaras de sus diversas personas: el fragmento que yo llamaré de Los dobles, la unidad que forman los dos cuentos El otro, de El libro de arena, y 25 de agosto de 1983, de La memoria de Shakespeare.

En el Prólogo de Fervor de Buenos Aires, que abre el volumen I de las Obras Completas, Borges escribe: “Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos. Temerosos de una íntima pobreza, trataban, como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas”. La fecha de ese prólogo es 18 de agosto de 1969. Muchas páginas después, al final de las Obras Completas, hay dos cuentos que se refieren a encuentros de dobles. En el primero, El otro, en El libro de arena, Borges, el narrador, que ya había cumplido 70 años, en 1969, tiene un encuentro a orillas del río Charles, en Cambridge, al norte de Boston, con su doble, el joven Borges. Éste tiene poco más que 18 años, está a orillas del río Ródano, en Ginebra, en el año 1923. Así, queda claro que en el prólogo de Fervor de Buenos Aires, Borges se refiere a los jóvenes Borges (de 1923, él mismo, y el de 1969, creado por Borges como personaje del cuento El otro).

Se presenta así, de forma indudable, el narrador del libro laberinto de Borges: Borges, que vive en un tiempo poco comprensible por la construcción hodierna de tiempo a que estamos acostumbrados. En realidad, el lector precisa desde ya acostumbrarse a pensar el tiempo narrativo no según la representación de una temporalidad sucesiva, organizada por las relaciones de anterioridad y posteridad, del tipo lineal.

El tiempo, tanto de estos cuentos de dobles como los de toda la novela, se parece más al tiempo mítico del pensamiento arcaico, o al tiempo de los sueños, en los que pasado, presente y futuro no presentan una secuencia de anterioridad y posteridad a la que estamos acostumbrados con nuestra lógica. Ese narrador, a lo largo del libro, tiene dos encuentros con su doble. En ambos encuentros, el tema de la narrativa es la vida de Borges y el tiempo ―el pasado, el futuro y el presente del narrador―, nociones absolutamente relativas, debido a la concepción arcaica de tiempo en la novela. Y aquí, nuevamente, el tema de la narrativa de los cuentos de dobles ―la vida de Borges―, puede extrapolarse de este núcleo central narrativo para toda la novela. En el segundo encuentro, en el cuento Veinticinco de agosto, 1983, el narrador es el más joven, Borges, que acaba de cumplir 61 años, y se dirige al hotel Las Delicias, en Adrogué, donde pretende suicidarse. Allí encuentra su doble más anciano, Borges, entonces con 84 años, que acaba de tomar una dosis fatal de algún veneno y se prepara para morir, en su habitación en la casa de la calle Maipú, en el día 25 de agosto de 1983. Este segundo encuentro, además de mostrar al lector la existencia de un hilo narrativo que une, no sólo esos dos cuentos, sino todo el libro, es una confesión abierta de Borges de lo que consiste la narración de su gran novela.

Y, como el protagonista no es un ser individual en el sentido aristotélico, sino un ser platónico, formado por la generalización de las innúmeras metamorfosis individuales por las que pasa a lo largo del libro. La historia del protagonista, por lo tanto, no es la historia de un individuo, aunque es una historia orgánica, hecha de la sucesión de historias individuales que, a lo largo de la novela, dibujan una inconcebible figura, un inconcebible ser cuya ‘inteligencia divina de Dios’, el autor, consigue intuir. El protagonista no es sólo Borges, hablando de sí mismo, sino también Whitman, Hawthorne, Coleridge, Keats, Dante, Kafka, Shakespeare, Pascal, Paracelso, cada uno de ellos es Borges, todo se refiere a Borges y Borges también es cada uno de ellos. Si nos fijamos bien, cada uno de los autores tratados, cada una de las pequeñas biografías tratan necesariamente del mismo hombre. Como Virgilio, Homero, Horacio, Ovidio y Lucano son proyecciones o figuraciones de Dante en la Commedia, todos los autores citados son proyecciones y figuraciones de Borges.

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